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Administración desadministrada: reflexiones sobre la realidad social

11 Marzo 2007

¿Qué son los intraterrestres? Tras la senda del habitat subterráneo

H.G. Wells describió en La Máquina del Tiempo, una sociedad de hermosos hombres y mujeres alimentados por los frutos de árboles. Su vida transcurría en el gozar de la existencia y perseguirse con la inocencia del amor sin límites. Pero, a veces, de toberas gigantes por la noche salían seres oscuros y temibles que raptaban a alguno de esos seres para papeárselo.

Todas las utopías son en algún modo negutopías. Llevan inscrito un negativo de la sociedad que las vio nacer. A veces transvaloran simplemente cualquier aspecto de la moral existente, y , otras, tan solo un aspecto, un valor. Las negutopías tienden a una suerte de metonimía: toman un valor y lo llevan a su extremo lógico, otras veces lo desnudan y lo muestran tal y como es. Al fin y al cabo, desde siempre, el hombre necesite conocer por imágenes.

Pero la sociedad transparente, el impulso invisible que late en la sociedad autoaclarada racionalmente, no permite las proyecciones utópicas o negutópicas. El mal, la esencia de la perversión se planta cara a cara del ciudadano, se le enfrenta con la rotundidad del horror, se instaura en el reino de los medios de conformación de masas como el plano de lo espantoso. No basta, sin embargo, el principio conductista de que la sobrestimulación anula la respuesta para dar razón de la inocuidad que suscita la imagen del horror.

Hay un modo de interpretación inmediato en la imagen que sugiere Wells: la metáfora de dos clases, en la que una es el alimento de la otra que transciende hasta el extremo del hombre es lobo para el hombre. Pero hay otros modos de interpretación. No podemos esforzarnos demasiado para imaginarnos a nosotros mismos siendo ambos elementos de la imagen. Idiotas de día que son devorados por el cruel asesino nocturno. Y esto es el producto inmediato de la sociedad autoaclarada racionalmente. Dado que no podemos dejar de ser actores racionales, que nuestros argumentos están construidos bajo y sobre el patrón de la razón argumentativa, sólo podemos dar cuenta de la crueldad, y el horror bajo el amparo de la razon necesaria, de la razón suficiente, al fin, de razones. Las razones del mal tienen como principal efecto convertir el mal en razón y como la razón es inatacable, el mal es verdad, como la verdad es bien, el mal es bien.

Nuestro límite con lo intolerable queda a salvo con el relativo cultural y político defendido por potentes razones (todo vale). Ni siquiera el mal de los otros es mal. Todo ello es necesario porque el hombre no puede ir contra su imagen.

Sin embargo, hay un paso que no ha dado, mostrar que el impulso que habita en el mal es el propio mal, gozamos infinitamente en el ejercicio del mal. Conocemos y, precisamente, porque conocemos efectuamos el mal. La conciencia se ha convertido en el espejo hipócrita de una sociedad hipócrita. Por ello no se puede acudir a ella: no entiende nada más que sus propias palabras, y el mal está disfrazado de miles de formas.

Somos, pues, nuestros propios intraterrestres, nuestros propios habitantes que se retuercen en la miseria. Hay mucha más decencia en el sádico porque es consciente del mal y de su condición del mal. Nosotros sólo somos sádicos inconscientes (que con lo cual ya estamos salvados de nuevo, todo vale).
El mal jamás tendrá solución por dos razones: ya no existe y es intolerable.

A cada instante salimos de nuestra alma para empezar a devorar (nos). Quizás porque en el fondo todos tenemos alma de miembro de partido anquilosado en lo irracional del ser. En la algarabía de las grandes concentraciones se intercambian macabras risas, con el único consuelo de que el mundo que viene es aún mucho más jodido.

Uno de los modos con lo que se conceptualiza la imagen de lo subterráneo son las cucarachas. Ya el maestro Rosendo las utilizó en un tema en que las catalogaba de asesinas que sólo podían vivir de cultura y vida, y nos chupan la sangre.

Sí, quizás, eso deberíamos hacer: que nos la chupen.

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Sobre mí


Conocido como el chanquete. Nacido en Algeciras (Cádiz) pero residente en varios sitios.

Ahora en Sevilla asesoro y dejo que me asesoren. En mi tiempo libre sigo la pasión de un amigo mío: la usabilidad.

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