La noche como carne desnuda, la noche cruda, aterida y limpia. La noche fija, sin el tinte de la plata débil y vieja de las estrellas lejanas. El tiempo varado en la playa de la quietud oscura. Quedan los brazos desnudos atando nuestro cuerpo, uno a otro, uno sobre otro, para que no escape la poca nada que nos queda en el pecho.

Como la luz que no alumbra y no llega, como la negra noche que todo lo traga, como lo que se va por el desague absurdo de la historia mal cerrada, tiemblo. Tiemblo porque no sé, porque no entiendo, porque sólo a temblar acierto con la boca abierta y naufrago en el mismo silencio. Tiemblo porque los días tiemblan conmigo, porque el viento que agita las ramas del árbol que aún me mira desde la ventana que ya nunca habrá de mirar jamás, tiembla como conmigo, como con el frío, como con el mundo, y como con el Dios que todo lo tiembla. Tiemblo porque Cesar Vallejo dijo que hay golpes tan fuertes yo no sé, tan fuertes como la ira de Dios. Y tiemplo porque no tiendo que no entiendo.

De las tristezas ques dejan llagas en el alma, de la carcoma que nos llena de agujeros el corazón que se nos queda madera. De los grito mudos para los sordos ciegos. De seguir tan solo aquí.

Y aunque tiemblo en la porfia de que aun mañana llegue, y de que la noche no se vuelva eterna, y de que, también, los niños cuelguen mañana sonrisas los álamos que los cercan. También de que los ojos del recuerdo aun vean. Y porque tiemblo por todo eso, y por mucho más que pudiera encontrar sin esfuerzo en el salado tintero de las lágrimas negras, es el propio temblor el que me avisa de que no temo. Porque no temo la esperanza, ni a que los clarines resuenen ya tan cercanos de la llegada de los heraldos de la palabra ajada. Y aunque tiemblo y desconfio ante todo sordo rumor de la fanfarria, no temo la figura de la vacia palabra, porque sé que nace de la fuente del temor.

Y pienso que no dejaré de temblar jamás, que el escalofrío del cuerpo propio no me abandone. No hay que dejar de temblar jamás, no hay que perder nunca el escalofrío del cuerpo propio, la alerta misma de que, mientras tiemblo, vivo!.